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MARÍA MAGDALENA:
Hermanas y hermanos del siglo 21, soy María Magdalena, seguramente han oído hablar de mí. Pero no sé qué tanto me conocen. Les quiero contar lo que viví hace, precisamente, 21 siglos; pienso que les puede servir para lo que a ustedes les toca vivir hoy.
Yo vivía en la ciudad de Magdala, junto al lago de Galilea. Como casi todas las mujeres, estaba con mi familia esperando el día que sería desposada. La perspectiva me daba más temor que ilusión. Había aprendido mucho de mi madre y mis parientas. Las mujeres teníamos la tarea de cuidar, alimentar, limpiar, sanar, ayudar a parir, acompañar a morir, le dábamos mucha importancia al cuerpo de las personas cercanas, sabíamos que ahí se nos revela un sentido profundo de la vida. Me gustaba hacer las tareas de la casa: ir por el agua, hacer el pan, tejer el lino, disfrutaba la huerta, las siembras, los frutales; pero, en especial, los amaneceres y los atardeceres junto al lago.
Sin embargo, todo esto con frecuencia se desvanecía cuando veía otras cosas que sucedían a mi alrededor: por los caminos de la región, muchas personas pobres y enfermas caminaban sin rumbo, algunas caían desvanecidas-¡esos cuerpos parecían no importar! En la plaza y en las calles la gente discutía, incluso peleaba, con frecuencia se abusaba de quienes no podían defenderse. Pero las personas mayores me obligaban a pasar de largo, me exigían volver pronto a casa y solo ocuparme de las tareas asignadas. También dentro de casa, con frecuencia había malos tratos que no me parecían justificados. Yo sabía que no podía peguntar, mucho menos opinar. Las mujeres siempre teníamos miedo, miedo de ser reprendidas o castigadas, sin entender por qué, miedo de decir lo que sentíamos, miedo incluso de pensar. La sumisión y el silencio impuesto eran como una lápida que opacaba el sentido de mi quehacer y empañaba la luz del amanecer y del atardecer.
En medio de esa confusión algo fue invadiendo mi interior: la insatisfacción y la rebeldía que no podía expresar, se fue acumulando en mi interior. Pronto ya no lo podía controlar. Las personas lo empezaron a notar, me decían que estaba "poseída", que seguro unos demonios se habían apoderado de mí. Esto me dio cierta libertad, los castigos y las advertencias ya no importaban, empecé a salir de casa sin permiso, a vagar por la ciudad, por el campo.
Fue así como un día vi a Jesús, caminaba acompañado de un grupo de personas, todas muy diversas, pero todas con un brillo de paz y de ilusión en sus rostros y en su se manera de estar. Tanto ellas, como Jesús sí se detenían ante las personas enfermas o ante quienes pedían algo, Jesús se inclinaba a escuchar a los niños y a las niñas y tomaba en brazos los pequeños.
Sin pensarlo fui hacia él, busqué su rostro, él me miró. Más bien, me penetró con su mirada. Cuando me tocó, pude sentir como se conmovieron sus entrañas y en ese momento, el peso que yo cargaba empezó a salir de mi espalda, de mi vientre, de mi cráneo. La opresión, el dolor, el enojo enterrado, se disolvían bajo el contacto de su mano, ante su mirada intensa y compasiva. Me quedé inmovilizada. "La ha liberado de sus demonios" escuché que decían. Pero yo no podía pronunciar palabra, yo ya no sabía quién era yo.
Me puse de pie, pero no sabía a dónde ir. Así que eché a andar detrás del grupo que lo seguía. Me acogieron, me dieron de beber. Más tarde, regresé a casa. Intenté explicar lo que había vivido; pero no me comprendían, no parecía importarles. Quise dormir unas horas, pero una luz interior no me dejaba cerrar los ojos. Apenas clareó el alba salí sin hacer ruido.
Encontré al grupo donde lo había dejado. Pregunté a Jesús si les podía seguir. Pensé que no me aceptaría, pues no parecía haber muchas mujeres. Pero me dijo "ven" y supe que había encontrado una nueva familia. No todo fue fácil, las gentes de la ciudad me veían con recelo por estar en compañía de tantos varones, mi familia se indignó y quiso llevarme. Jesús me dijo que a él le había pasado igual. Así empezó una amistad que fue creciendo con su paciencia y mis preguntas.
Me dolió haber dejado a mi familia, pero en este grupo, éramos hermanos y hermanas de una manera distinta: no había miedo ni sumisión. En momentos de debilidad, alguien que me animaba y sostenía, como una madre. Me fui haciendo fuerte. Quizás por eso me dejaron el apodo "Magdalena", porque "migdal" quiere decir fortaleza: "María la fuerte", no sé si en broma, al menos al principio. Me di cuenta de que yo también podía ayudar y cuidar a las y los demás. Mi cuerpo experimentaba algo que no había vivido antes: ya nada me detenía, como si pudiera mirar más alto y más lejos, podía responder sin timidez e intentar hacer cosas nuevas sin preocupación. Luego supe que eso era lo llamaban 'libertad'. Vivía una alegría que no tenía que ver con la comodidad o la seguridad, sino con el poder compartirlo todo: los bienes, las palabras, el apoyo.
Lo que compartíamos de manera muy especial era una certeza y una esperanza: Conocimos la certeza de Yahvé como Dios fiel y cercano, como Padre de misericordia, porque Jesús nos lo hacía presente en sus actitudes: en ese constante acercamiento a quienes más sufrían, en la conmoción que experimentaba ante su soledad y dolor, en el respeto a cada persona y en el cuidado de que nadie viviera exclusión. Esa certeza de que el amor de Dios ya estaba ahí, presente y real, alimentaba nuestra esperanza de que un día, no muy lejano, la justicia y el cuidado reinarían en la vida de todos los pueblos, las personas serían aliviadas y habría pan en todas las mesas. Por eso Jesús decía que el Reino del Padre ya estaba entre nosotros y nosotras, pero que un día su dominio sería pleno.
Sus enseñanzas, su actitud, sus acciones eran para mí "palabras de vida", no se trataba solo de entenderlas, yo las experimentaba, se inscribían en mi cuerpo y a pesar de las largas jornadas y de muchas carencias, la esperanza lo permeaba todo.
Pero no era un gozo superficial: en todos los caminos que recorríamos, encontrábamos pobreza y dolor. Jesús se indignaba de que fuera así. Atendía, curaba, escuchaba todo lo que podía, pero no todo se resolvía. Así me enseñó a mirar de otra manera, viendo la vida desde quienes sufrían el abandono del mundo. Quizás por eso hablaba más en parábolas que en discursos. Junto a él descubrí lo que significaba que la misericordia de Yahvé no abandona y que su Reino de vida buena fuera posible.
Quienes no lo podían ver así fueron los que estaban en el poder, tanto el poder imperial, como el del Templo. Tampoco quienes, de alguna manera se beneficiaban de ellos.
Nuestro movimiento les representaba una amenaza.
Un día Jesús nos pidió que le acompañáramos a Jerusalén. Presenciamos su enfrentamiento con las autoridades. Le vi sufrir, incluso temer, pero no titubear. Lo aprehendieron. La mayoría del grupo se dispersó. Al final sólo quedamos cerca de él algunas mujeres.
Fue aterrador, pero no queríamos dejarlo solo. Era el momento de echar mano de todo lo que nos había enseñado y resistimos, su fortaleza fue nuestra fortaleza. Con espanto vimos cómo le torturaron y le clavaron en una cruz. Le vimos morir acompañado solo de nuestra mirada de dolor y de desconcierto. Era muy tarde, pero esperamos a que lo descendieran y cautelosamente seguimos a quienes le iban a enterrar para ubicar el lugar. Con el corazón desgarrado, regresamos a casa vencidas por la impotencia. Hicimos lo que sabíamos hacer las mujeres ante la muerte de una persona tan querida: Llorar y lamentar. Lamentar, llorar.
Al amanecer fuimos al sepulcro. No puedo recordar cuánto tiempo estuvimos allí. Tampoco sé si fuimos varias veces o si alguna vez fui sola. Lo que sí recuerdo es que di rienda suelta a todo mi duelo: no dejaba de llorar, de preguntarle qué sentido tenía lo que habíamos vivido; qué iba a ser de nosotras y nosotros, de nuestro proyecto de anunciar el Reino; dónde encontrar ahora la presencia liberadora y salvadora del Padre que él nos había anunciado.
Solo quería ir al fondo de mi dolor y habitar ahí mis memorias. Me venían imágenes de todo lo vivido: los recuerdos de las tardes junto al lago hablando con las multitudes, las comidas, la alegría de compartir, la felicidad de sanar, de acompañar se mezclaba con las escenas del prendimiento, de los golpes, de la cruz, del entierro. Me negaba a aceptar que todo había terminado. ¡No podía haber sido mentira!
Y de tanto, tanto recorrer una y otra vez cada recuerdo, en la sucesión de imágenes, Jesús se me presentó de otra manera: ¡las memorias lo habían re-membrado! Sentí que todo se iluminaba, que, de nuevo, como el día en que me liberó, una gran fuerza entraba en mí. Supe, en mi cuerpo, con la misma certeza de todo lo vivido, que ya no había razón para el duelo, que Jesús no estaba en el sepulcro, que no se había ido al Sheol, que estaba con su Padre, nuestro padre. Supe también que la injusticia y la muerte no tendrían la última palabra; que Jesús nos esperaba de nuevo en los caminos, junto a las y los pobres y nos acompañaría enviándonos su Espíritu para seguir todo lo aprendido y para aprender aún más.
Tuve muy claro que esa certeza que surgía de mi interior era un saber recibido, que yo no tenía mérito alguno, ni podía poseerlo. Por eso corrí a buscar a mis hermanos, a contarles lo que había vivido. Mi gran, gran deseo era que pudieran experimentar lo que yo había experimentado. Cuando vi la esperanza brillar de nuevo en sus rostros, cuando me pidieron que volviera a narrar, como pudiera, lo sucedido, supe, en la alegría de esa fe compartida, que allí estaba la Verdad.
Esa remembranza de Jesús, Jesús resucitado, fue el origen de mi encargo: la misión de anunciarlo.
Lucila Servitje
Cf. Carmen Bernabé Ubieta, "Espiritualidad en María de Magdala" Casa cultural tejiendo sororidades. https://www.youtube.com/watch?v=n5OUa02xE8s
Cf. Rafael Aguirre Monasterio, "Las enseñanzas de Jesús" en R. Aguirre, C. Bernabé, C. Gil, Qué se sabe de Jesús de Nazaret, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2009.






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